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LAS AGUAS ESMALTADAS

Manuel Díaz Luis

Colección de Narrativa Iría, 5.

ISBN: 978-84-15739-12-8

150 páginas. Edición rústica con solapas.

15 cm. x 15 cm.

13,90 €
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Las aguas esmaltadas transcurren por los pueblos castellanos, de raíces profundas y largas tradiciones, de costumbres primitivas, supersticiones, actos salvajes y absurdos, amores desatados, frenéticos e intensos, luchas brutales, leyendas atávicas, creencias singulares, coexisten en una narración en la que la ironía –incluso el sarcasmo– y la poesía paisajística atenúan la crueldad de algunas escenas, que se muestra desnuda y punzante en otras.

De insólito vigor y desparpajo narrativos, el lenguaje basado en un castellano popular y rural, puro y riquísimo, de poderosa expresividad, profundamente enraizado en el entorno agrario, describe situaciones cuya rudeza, lejos de cualquier truculencia gratuita, refleja un intenso sentimiento de la naturaleza, un conocimiento casi antropológico de un mundo en vías de extinción.

La Editorial Delirio rescata Las aguas esmaltadas, primera novela de Manuel Díaz Luis, con la intención de rendir tributo a los territorios castellanos y a sus habitantes, y con la certeza de reconocer a uno de los más grandes narradores que esta tierra ha dado.

«Me llamo Manuel Díaz Luis y nací el 3 de junio de 1956 en Campillo de Salvatierra (Salamanca) a las ocho de la mañana (jamás he vuelto a levantarme a esas horas desde entonces). Empecé Historias y me cansé de la mía propia. Hice quinto de Psicología –hasta tres veces–, pero como el título se lo dan a cualquiera, a mí no me lo han dado todavía y en la actualidad no soy sino un paciente más de la metodología oficial. A juzgar por los dineros y las hambres, yo diría que soy escritor. Escribo porque está de moda y se lleva; además, los libros, todo hay que decirlo, adornan mucho. ¡Qué dirán las visitas!

»Sólo quiero añadir que, empezada en 1983, esta obra se fue produciendo durante los años 84, 85, 86, 87, 88 y parte de 1989, concretamente hasta el día 28 de junio (san Ireneo), en que decidí ponerle el fin.

»La novela no hubiese sido posible sin la luminosa inspiración de mis espíritus carnales de la Sierra de Francia –cuasi santos–, verdaderas musas que se me aparecían colgando de los techos de las tabernas y tabernáculos en forma de lenguas de fuego tinto.»